sábado, 5 de enero de 2013

Perlas y corales

Un cuento dulce, dulce de regalo de Reyes para ayudarnos a superar este mes "cuesta de enero":



—¿Busca algo? —preguntó servicial.

            La joven, enfundada en un largo vestido de lamé ajustado a su bien torneada figura,  se volvió hacia él. Llevaba un zapato en la mano.

            —Otro como este —respondió con aplastante naturalidad.

            La miró con la sorpresa retratada en el rostro. Le parecía difícil encontrar un zapato de color marfil, enterrado en una arena iluminada tan solo por la luz de la luna. No se planteó qué hacía una mujer tan hermosa, vestida de fiesta, paseando por la playa a semejantes horas. De todas maneras, no iba a dejarla sola. La joven era un bocado demasiado apetecible para cualquier desalmado.

            Caminaron codo con codo, hasta que él descubrió, casi enterrado, el zapato de raso, con adornos de perlas y corales en la puntera. Se agachó y lo recogió.          

—Es muy delicado —comentó por romper el hielo mientras lo depositaba en sus manos.

            Ella le sonrió. Y a él le pareció que un rayo de sol se había abierto paso, rasgando la oscura cortina de la noche.

            —¿Le gusta? —respondió complacida—. Los he diseñado yo. Esta era una ocasión especial.

            —¿Es diseñadora?

            —Nooooo, ¡qué va! Son los primeros que hago en mi vida. Necesitaba unos de inmediato.

            Él no preguntó. Bastante tenía ya con el trabajo diario. En sus ratos libres procuraba no cuestionarse nada de lo que decía la gente.

            —No debería estar aquí —la reprendió con amabilidad—. Es muy tarde.

            Ella soltó una risa cantarina.

            —No se preocupe. Vivo cerca.

—Aun así.

Ella se encogió de hombros.

—Aunque usted no se lo crea, me vigilan cien ojos. Gracias por ayudarme. ¡Hasta otra! Como dicen ustedes.

            La vio alejarse. Por un momento añoró su compañía. Fue más consciente que nunca de su soledad.

La joven se detuvo de golpe, como si meditara. Después retrocedió un par de pasos. Se acercó a él. Le pasó con dulzura la palma de la mano por el mentón. Parecía disfrutar con  el tacto áspero de la barba del día. Con la yema de los dedos fue dibujando con suavidad sus labios, y la cuenca de sus ojos, queriendo guardar para sí memoria de su rostro. Él se dejó acariciar, manso, mientras aspiraba el aroma que desprendía su piel. Al agua fresca del mar en primavera. Estaba subyugado por su ternura, por esa mezcla curiosa  de inocencia y arrojo.

La cogió por la cintura y la arrimó a su pecho. Ella aprovechó para enlazar los brazos por detrás de su cuello. Tiró de él hasta ponerlo a su altura y depositó un beso leve en sus labios, rozando apenas el contorno de su boca con la punta de la lengua. Un aleteo que a él le supo a miel de azahar.

Con grácil movimiento se desprendió del abrazo. Se quedó parado, sin saber qué hacer, con las manos extendidas. Su corazón se contrajo de tristeza. Estuvo a punto de mendigar un rato más de compañía.

—Tome. Un recuerdo.

Depositó el delicado zapato en sus manos y se alejó, con su andar insinuante, dejando tras de sí un surco hecho por su larga falda.

            —¿Me dice su nombre? —gritó, sin poder resistirse.

            —Nerea. Suena bonito, ¿verdad? Eso es. Me llamo Nerea.

            Estaba ya bastante lejos cuando se volvió y miró hacia atrás por encima del hombro.

            —¿Y el suyo?

            —Rodolfo. Rodolfo Valentí.

            Esperó la burla, conteniendo el aire. Ella se limitó a llevarse la punta de los dedos a los labios y a lanzarle un beso lleno de coquetería. El dardo del amor se clavó con fuerza en su corazón. Supo, que después de ella, no habría otra mujer para él.

            —Adiós, Rodolfo.

            —Nerea, Nerea… Pregunta por mí. Soy policía. Todos me conocen.

            ¿Y cómo no te van a conocer con ese físico de latin lover y semejante nombre tan a juego? Pensó para sí. Cuando quiso darse cuenta, ella había desaparecido.

 

  *****

           

Pasó el tiempo. Se fue el verano, y después el otoño y el invierno. Llegó la primavera. Durante ese tiempo, Rodolfo no dejó de caminar ni un solo día hasta el punto de la playa donde la había visto aquella única vez. En las noches cálidas se recostaba en la arena, acariciando el exquisito zapato, jugueteando con las perlas y corales que lo adornaban. Sus ojos húmedos se perdían en el mar. Soñaba con la mujer etérea, vestida con luz de estrellas. Poco a poco empezó a caer en una extraña melancolía. Su tristeza era cada vez más profunda. Lloraba por su ausencia, sin dejar de hacerse preguntas para las que no encontraba respuestas.

            Si la vigilaban era porque tenía guardaespaldas. Raro que él no se hubiera dado cuenta. Ahora era policía en un tranquilo pueblo marinero, pero en tiempos perteneció a los cuerpos de elite de la policía nacional. Y ese aprendizaje no se olvida jamás. Y, por otro lado, ¿cómo había podido desaparecer tan de improviso? ¿Había algún barco por los alrededores y él no se había percatado de su presencia, obnubilado por la belleza de ella? ¿Se la había tragado la tierra…? ¿Tal vez, el mar?

No encontraba una explicación plausible. El dolor era cada vez más intenso. Soñaba con su mirada azul de cian y la calidez de la mujer que le había sonreído, y besado y acariciado…, y que además no se había reído de ese ridículo nombre que se había empeñado en ponerle su abuelo, un emigrante a Argentina, loco por el tango.

Fue en una de esas noches cálidas, cuando su mundo cambió para siempre. Una nube densa cubrió de pronto la luna y las estrellas. Las gruesas gotas de lluvia repiquetearon sobre la arena, formando hondos cráteres. Un rayo largo culebreó y quebró la línea del horizonte, pintando de blanco el mar encrespado. El trueno retumbó una y otra y otra vez en la ciudad. Su eco se prolongó en la lejanía. Se encendieron las luces de los hogares. Los niños lloraban; los ancianos, pensaban que había llegado ya el fin del mundo. Rodolfo Valentí permaneció estático, recostado en la arena, sin dejar de pensar en la mujer de sus sueños, disfrutando de ese instante que le regalaba la naturaleza embravecida.

Ella apareció de improviso sentada a su lado. Él dio un respingo. Quiso incorporarse, pero una fuerte ráfaga de viento le envolvió y le arrojó al suelo.

—No te asustes —dijo ella sujetándole para evitar que se diera otro golpetazo—. Es mi padre. Como ves, ha sacado toda la artillería pesada. Está enfadado porque he querido volver al país de los humanos.

 Rodolfo se volvió hacia ella con expresión atónita. No entendía nada. Aun así estaba feliz por tenerla de nuevo a su lado.

—Nerea… —musitó.

—Rodolfo…

Sus nombres es escapaban de sus labios, mientras sus bocas se unían en besos apremiantes, sus lenguas se enlazaban, y sus manos repasaban ávidas de deseo sus respectivos cuerpos.

Él la recostó a su lado sobre la arena húmeda. Su empapado vestido de gasa dejaba traslucir la plenitud de sus senos. Se sintió mareado ante tanta hermosura.

—No puedo vivir sin ti.

—Has llenado el mar de lágrimas —se permitió bromear ella.

—Y tú… ¿cómo lo sabes?

Estaba extrañado.

—Porque las he ido recogiéndolas en un ánfora. Hoy se las he llevado a mi padre, como muestra de tu amor. El dios Nereo se ha apiadado de mí, su hija pequeña, y me ha permitido regresar durante unas horas a tu lado.

A Rodolfo se le escapó un sollozo. ¡Unas horas! Tendría que conformarse con eso.

—Y entonces, ¿por qué se ha enfadado? —preguntó curioso, como si le estuviera permitido a cualquier mortal mantener una relación amorosa con una nereida. Nada menos que con la hija de un dios.

Ella soltó una carcajada. Las caracolas, las estrellas de mar y hasta las anémonas parecieron  juguetear en sus labios.

—Le he dicho que me quedo a tu lado. No pienso volver.
 
 
 
 

9 comentarios:

  1. Muy bello relato, Lydia.
    Un magnífico regalo de Reyes, amiga.
    Que los Magos te obsequien con una inacabable inspiración y mucha felicidad en el 2013.
    Saludos cordiales.

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    1. Muchas gracias por tus buenos deseos. Qué 2013 llegue para ti cargado de felicidad!!!

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  2. Ohhh!!! Qué cuento más hermoso!!!!
    Me encanta, Lydia!!
    Este amor entre un humano y una inmortal es perfecto para crear una apasionante novela.

    ¡Créala! Ya me tienes como fans nº1 para leerla!

    Un besazo.

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    1. Tú si eres la gran creadora del mundo de lo fantástico. Este cuento no es más que un humilde relato. Gracias, preciosa, por tus palabras.

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  3. Hola, muchas gracias por tu visita, tienes un blog hermoso, y este relato es muy conmovedor, me quedo por aquí.

    Un abrazo.

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    1. Encantada de tu visita, Aglaia. Aquí estoy yo también. Y muchas gracias por tus amables palabras.

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  4. Maravilloso, Lydia. Una versión moderna y mucho más amable de la sirenita, llena de ternura y bellas imágenes. Otro regalo más para este día de Reyes. Precioso.

    Quieres leer "Algo más que vecinos"?

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  5. Qié bonito Lydia es un cuento precioso.

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    1. Muchas gracias. Dulce, dulce, como la miel.

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